Se puso sus botas de agua y su chubasquero de colorines y salió por la puerta. Una tarde de lluvia fría, de esas de olvidar, o de recordar. Ella optó por el olvido. Saltaba en los charcos y daba vueltas mirando al cielo, mojándose la cara y sonriéndole a la vida. Ya era hora de pensar un poco en ella, de olvidar todo lo demás y sentirse viva. Sentir el gustazo de reírse de la vida.
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